Nacionalismo español y enfrentamiento de identidades en la España contemporánea. El caso valenciano.


Screen Shot 2015-01-21 at 05.34.03Francesc Viadel

Las apariencias engañan. En España nada es lo que parece. De hecho, un observador poco avisado podría pensar que se trata de un país que ha resuelto con habilidad política el áspero problema de sus nacionalidades a partir, básicamente, de la creación de un Estado organizado en gobiernos regionales autónomos. El famoso “Estado de las Autonomías” definido en la Constitución de 1978 después de una “modélica” transición desde la dictadura de Franco a la Monarquía constitucional.

Pero, en realidad, el sistema no da para mucho, más allá de las ventajas propias de una cierta descentralización administrativa que, por otra parte, suele chocar con el Estado central por cuestiones competenciales. Cabe recordar que las autonomías -ensayadas durante un breve periodo en el País Vasco y Cataluña durante los años anteriores y durante la guerra civil de 1936-39 en la zona republicana- pretendían ser una respuesta básicamente a las aspiraciones de catalanes y vascos; al final, debido al ansia de emulación y a la existencia de “otras” cuestiones nacionales y regionalistas (Galicia, País Valenciano, Navarra, Islas Baleares, Canarias, Andalucía) se acabaron estableciendo para todo el territorio español. Fue en parte una clara advertencia de que nadie tendría la exclusiva en lo tocante al reconocimiento de su singularidad y menos todavía privilegios derivados de ésta. Y así se llegó a lo que se conoció, no sin cierta ironía, como “el café para todos”, que otorgaba la autonomía incluso a regiones que nunca la habían pretendido como La Rioja, Castilla La Mancha o Madrid.

En estos momentos el modelo, con el actual proceso soberanista de Cataluña en marcha, parece estar a punto de estallar. Para muchos la culpa de la grave crisis económica española también la tienen, junto a los bancos, la corrupción y el euro, las autonomías. Así las cosas, las encuestas oficiales muestran que la opinión favorable a una recentralización crece a la par que aumenta preocupantemente el desprestigio de la clase política y, por el contrario, el prestigio de las fuerzas armadas y de seguridad. Hoy en día casi la cuarta parte de los españoles preferirían un estado sin autonomías, cifra que supera el 50% en Madrid, las dos Castillas o Aragón. Hay comunidades en las que la grave crisis y la mala gestión han desprestigiado seriamente la autonomía, como es el caso del País Valenciano, aunque difícilmente aceptarían su anulación.

Como sea, esta apariencia organizativa de España, junto a mitos como el de una Transición política limpia y pacífica, ocultan demasiado a menudo la pésima calidad de la democracia española, la existencia -por ejemplo- de un bloque conservador retardatario con un enorme poder, la hegemonía de un nacionalismo español con ribetes de racismo que fue la columna vertebral, junto con el catolicismo más fanático, del régimen franquista. Fueron los historiadores y geógrafos del siglo XIX los encargados de forjar la identidad española. Como ha señalado el historiador Juan Sisinio Pérez Garzón, la historia explicó que la organización de la humanidad en era una meta inevitable de todo proceso histórico. En España se mitificaron también todos aquellos hechos que se consideraban un paso para conseguir el objetivo de la unidad frente a los que tenían un carácter “centrífugo”. Por otra parte, el centralismo, convirtió a Castilla en el reino organizador de España. Para Sisinio, la visión de la unidad de espacio e historia supuso el “desterramiento” de otros posibles marcos territoriales y políticos en España. Con todo, los esfuerzos por implantar esta identidad uniforme siempre se han encontrado la resistencia de unos nacionalismos periféricos mucho más modernos, democráticos, integradores y europeístas que el nacionalismo español.

 

Un plurilingüismo difícil

En España, aparte del castellano, se hablan otras lenguas, algunas con una implantación social considerable, prestigio y una gran vitalidad literaria aunque a menudo esta sea más conocida y reconocida en el extranjero que en España. Las lenguas diferentes del castellano ni están ni se las espera fuera de sus dominios tradicionales. Este escaso interés de la España castellana, cuando no desprecio u hostilidad manifiesta, contrasta con la realidad plurilingüe del país. Aparte del castellano, en España se habla tres importantes lenguas “regionales”, en realidad nacionales: el catalán, el gallego, y el euskera. Además, hay otras seis lenguas minoritarias o variantes lingüísticas no castellanas. Si añadimos que un tercio de los ciudadanos tiene una lengua propia diferente del castellano y más de cuarenta por ciento de la población reside en áreas oficialmente bilingües, nos damos cuenta que la realidad queda lejos de la imagen de España como país lingüísticamente homogéneo.

El nacionalismo español, como otros nacionalismos europeos que han dado lugar a estados fuertes, ha intentado imponerse históricamente sobre las lenguas minoritarias, subordinándolas administrativa y jurídicamente, intentando hacerlas desaparecer como idiomas de cultura, e incluso prohibiendo su uso social. Sociolingüistas importantes han dado buena cuenta de los procesos que acompañan esta estrategia uniformadora y de substitución lingüística, que ha sido especialmente dura en el caso del catalán. Una estrategia además que en último término ha buscado la dominación de una cultura sobre “otra” considerada de menor rango, para conjurar el peligro de la desmembración de España, uno de los tópicos tradicionales de la derecha española – cabe decir que compartido también por una buena parte de la izquierda mayoritaria.

La más grande de las “demás lenguas españolas” (según la dicción constitucional) es el catalán, hablado por más de nueve millones de personas en Cataluña, el País Valenciano, en Baleares, en el Aragón oriental y en algunos pueblos de Murcia. Además, el catalán es hablado en Andorra, algunas zonas de la Francia meridional y en el pueblo sardo de Alghero (L’Alguer). En España, los territorios prevalentemente catalanohablantes llegan a catorce millones de habitantes; es decir, un tercio de la población estatal. No sorprende, pues, que desde sus principios el nacionalismo español haya individuado el catalán como el principal peligro para sus aspiraciones homogeneizadoras. Con la crisis económica y el recrudecimiento de las tensiones entre Catalunya y España, han reaparecido las pulsiones patrióticas y los llamamientos a la unidad. Por consiguiente, la escuela –donde se había reintroducido, en los años 80, la enseñanza ‘de’ y ‘en’ catalán– se ha transformado en uno de los principales objeto de ataques, acusada de ser el origen del sentimiento de desafección a la nación común. Poco importa que este mismo sentimiento no se haya producido ni el País Valenciano ni en Baleares, territorios donde también se ha introducido el catalán en la escuela, aunque en menor grado.

Desde años, gran parte de los medios de comunicación invoca la defensa de los derechos de los castellanoparlantes en Cataluña, supuestamente conculcados por los catalanoparlantes; a la vez que se ataca las políticas que favorecen el uso social del catalán en nombre de un bilingüismo que suele practicarse en una sola dirección (no habiendo prácticamente en Cataluña, ni mucho menos en los otros territorios catalanoparlantes, hablantes monolingües en catalán). Así pues, siguiendo la ola del populismo anticatalanista, los gobiernos autonómicos valenciano y balear, en manos del conservador Partido Popular (PP), han impulsado nuevas políticas lingüísticas tendentes a arrinconar la enseñanza del catalán como ya se hizo tiempo atrás en Galicia con el gallego. Mientras, desde el Gobierno central, se intenta que esta lengua deje de ser en Cataluña la lengua única vehicular de la enseñanza con el pretexto, ya reseñado, de preservar los derechos de los castellanoparlantes. No importa que en 2012 sólo 17 familias pidieran la escolarización de sus hijos en español en una población escolar de 748.000 alumnos. Tampoco importa que no exista ni un solo niño que acabe la escuela dominando las dos lenguas, el castellano y el catalán, o que el rendimiento de los escolares catalanes en la asignatura de lengua y literatura castellana sea incluso superior a la media de los del resto de España. Paradójicamente -o no tanto-, en 2011 en el País Valenciano casi 126.000 alumnos no pudieron escolarizarse en valenciano/catalán por falta de voluntad de la administración.

En Aragón, donde los derechos lingüísticos de la minoría catalanohablante continuaron siendo sistemáticamente vulnerados durante la época democrática, el nuevo gobierno regional del PP ha revertido algunas aportaciones positivas de la precedente administración de centroizquierda. La nueva ley de lenguas aprobada este pasado mes de mayo acaba de rebautizar al catalán como Lengua Aragonesa Propia del Área Oriental, esto es LAPAO (siglas que coinciden, curiosamente, con un dialecto de la China meridional), mientras el aragonés pasa a denominarse Lengua Aragonesa propia de las Áreas Pirenaica y Prepirenaica, LAPAPYC. En palabras del catedrático de Filología románica de la Goethe-Universität de Frankfurt am Main, Til Stegmann, actuaciones como esta convierten a España en un caso único en Europa en lo relativo a la vejación de las lenguas minoritarias. El caso aragonés no solo muestra un general recelo hacia la plena aceptación de las lenguas no castellanas, sino también un miedo hacia un presunto expansionismo catalanista. El nacimiento del LAPAO (y del LAPAPYC) alumbrado por el PP aragonés, que ha desatado todo tipo de comentarios jocosos, solo es un caso entre muchos de políticas miradas contra cualquier expresión de identidad común entre los catalanoparlantes.

 

El caso valenciano: nacionalismo y choque de identidades

Éste es a grandes rasgos el macrocontexto del conflicto valenciano. Desde los años setenta –y aun antes- en el País Valenciano se han viniendo enfrentando dos maneras de entender la propia identidad del país y, a la vez, la manera de abordar su futuro político. De un lado, los que entienden lo valenciano -con todos sus matices y singularidades- como parte de la cultura catalana. Del otro, los que niegan tajantemente esta relación. Posiciones que tienen, a grosso modo, traducciones políticas diferentes. La de un anticatalanismo alineado con el nacionalismo español y, en general, con el conservadurismo ideológico en todos sus grados. Y la de amplios sectores ubicados en el progresismo los cuales consideran que a valencianos y catalanes les une la cultura y la lengua pero también toda suerte de intereses económicos y geoestratégicos los cuales, por cierto, suelen ser antagónicos a los del Estado central. La discusión en términos historicistas o filológicos, a menudo entre ociosa y grotesca, ha escondido -y esconde- un problema de naturaleza política mucho más compleja. Por expresarlo en términos sencillos, la hipotética aproximación del País Valenciano -con un importante potencial económico y demográfico- hacia Cataluña, en cualquier sentido, podría resquebrajar el equilibrio territorial de España construido al alrededor de la hegemonía castellana. Así al menos es como se percibe desde el centro, aunque no siempre reconociéndolo de forma abierta ni categórica.

Desde los años sesenta el conflicto ha pasado por diversas etapas. Las consecuencias han sido, en mi opinión, gravísimas en la medida que han dañado la ya de por si débil salud de la democracia en el país donde a la preeminencia de un cierto pensamiento reaccionario, cabe añadir también la lacra de la corrupción política y la existencia de una estructura comunicativa pobre, apenas plural. En el País Valenciano, la expresión más evidente de la convergencia de esos fenómenos ha sido el anticatalanismo antiintelectual y populista, que se ha sustentado en un terrorismo de baja intensidad y que desgraciadamente ha acabado por ser asumido colectivamente.

Joan Fuster y el milagro valencianista

En 1962 Joan Fuster (1922-1992), un intelectual valenciano de vocación ilustrada y racionalista, publicó en catalán Nosaltres els valencians, un ensayo de carácter histórico que redefinía la hasta entonces imagen tradicional de los valencianos trasmitido, en matices levemente divergentes, por la historiografía española y regional: un pueblo con un pasado lleno de mitificaciones románticas el cual, aun manteniendo en su base social y popular un fuerte carácter autóctono, estaba en buena parte asimilado a la idea de España y la cultura castellana. Aquel no era otro país que el de las clases conservadoras y burguesas del siglo XIX. El historiador Antoni Furió recuerda que la aportación de Fuster en aquel ensayo fue la de haber pensado el país, el haberlo construido de manera historiable y definible, a diferencia de otros autores anteriores a 1939.

Fuster pensaba que la subsistencia del País Valenciano pasaba por su recuperación cultural y lingüística, por retomar su pasado justo en el punto en que empezó a separarse de Cataluña. “Decirnos valencianos es nuestra manera de decirnos catalanes”, afirmaba. Pasaba también, y sobre todo, por vencer la dependencia económica y política respecto de España, una dependencia de trazas coloniales que condenaba a los valencianos al atraso y a la inexistencia. Su propuesta, en definitiva, era la modernización del país en términos absolutos. Se trataba de una visión novedosa que colisionaba con la del regionalismo hegemónico partidario de mantener aquella marginalidad dentro del Estado y la subordinación cultural al castellano. Eso significaba, en definitiva, relegar el catalán –tradicionalmente denominado valenciano en el país– a la categoría de reliquia histórica y otorgarle una función nada más que folklórica, aunque esta fuera la lengua de la gran mayoría de las clases populares. Fuster combatió por primera vez con eficacia intelectual este sucursalismo además de recuperar y reformular una vieja idea, jamás extinguida: la reconstrucción de la nación catalana identificada con los antiguos territorios catalanoparlantes del reino medieval de Aragón. La propuesta no solo resultó innovadora, movilizadora y traumática entre los valencianos sino que hasta el mismo nacionalismo catalán, hasta entonces tranquilamente circunscrito ideológica y sentimentalmente a las cuatro provincias de Cataluña, se vio obligado también a repensarse. Ya nada sería igual.

Por otra parte, el valencianismo político anterior a la Guerra Civil, minoritario, había sucumbido con la victoria del general Franco. En Valencia apenas subsistía un valencianismo conservador, limitado a la pacífica actividad poética y que para nada preocupaba al régimen. Por eso, paradójicamente, la cultura en catalán, por provincial que fuese, tuvo mejor suerte en la Valencia de la posguerra que en Cataluña, donde su persecución fue mayor precisamente por las implicaciones políticas que conllevaba. Eso facilitó la sobrevivencia de una modesta cultura provincial valenciana en catalán. Fuster mismo compartió durante algún tiempo este ámbito hasta que rompió e inició su relación con el nacionalismo catalán en el exilio, políticamente mucho más maduro.

Parecía que no había nada que hacer, bajo un régimen dictatorial, en el contexto de una sociedad muy atrasada en todos los sentidos, con sus principales centros urbanos fuertemente castellanizados. El milagro valencianista, por así decirlo, se produce en el momento en que las ideas de Fuster conectan con las inquietudes de toda una generación de jóvenes universitarios progresistas llamados a ser los futuros dirigentes del país. De aquella generación surgirá una política estrictamente valenciana, una literatura en catalán, un arte y una música comprometidos socialmente, una historiografía, todo un corpus intelectual imprescindible para afrontar la tan deseada modernización del país. El valencianismo, en palabras del ensayista Adolf Beltran, se reinterpretará como un proyecto de compactación social entre las clases para el común avance democrático. En opinión del sociólogo Toni Mollà el valencianismo fusteriano más que una opción doctrinal será un movimiento unitario de amplio espectro, transversal a las fuerzas políticas, sociales, culturales y de progreso. Se producirá, en palabras del mismo Mollà, una “revolución tranquila”, el nacimiento de una intelliguentsia local como no se había conocido en siglos.

La Batalla de Valencia: una guerra cultural total

El bloque conservador, regionalista ma non troppo, nacional españolista y aliado con la dictadura, encajó mal la irrupción de este movimiento, una auténtica amenaza para su preeminencia. La sola propuesta de normalización del uso del valenciano ya suponía de por sí una auténtica bomba para el viejo edificio social y político construido a la sombra del régimen, tras siglos de dependencia política y de aculturización en el sentido dado a la expresión por T. S. Eliot. La reacción por parte del viejo establishment fue virulenta y se fue recrudeciendo a medida que se acercaba y se gestaba el cambio político en España. Estalló la pugna conocida como Batalla de Valencia. Se trataba de una verdadera guerra entre dos diferentes maneras de entender lo valenciano, enfocada en el campo cultural y simbólico, en la cual no faltaron elementos de violencia física. Joan Fuster sufrió dos atentados con bombas de fabricación casera, también el lingüista Manuel Sanchis Guarner (1911-1981) que murió al poco de un ataque al corazón.

En los años setenta y ochenta los actos de violencia españolista y anticatalanista se prodigaron por todo el País Valenciano, especialmente en la capital, Valencia. Nunca hubo detenidos y siempre se sospechó de la complicidad de las cloacas del Estado. Junto a Euskadi, el País Valenciano fue el territorio donde la transición a la democracia fue más tensa y violenta. El clima se hizo irrespirable y el anticatalanismo se convirtió en una causa populista. El proceso de formación de la nueva comunidad autónoma fue acompañado por ese clima de tensión que dejó un marco indeleble a su cultura política. Aún hoy con relativa frecuencia e impunidad se dan episodios de violencia que acompañan los discursos anticatalanistas de la derecha española en el País Valenciano.

El anticatalanismo valenciano (también conocido como blaverismo, por su uso de la Senyera con franja lateral azul, blava en catalán/valenciano), construyó su propio relato de los hechos. De entrada, recurrió a la teoría de una conspiración urdida entre el marxismo –genéticamente antiespañol– y la burguesía nacionalista catalana deseosa de colonizar el País Valenciano y las Baleares. La propuesta política, circulante entre determinados sectores de la izquierda, de la construcción de los Países Catalanes, aportaba un buen blindaje a esta teoría. Lo catalán adquirió, en palabras del ensayista Vicent Bello, una categoría diabólica para el estrecho mundo pequeño burgués y franquista de los años setenta y ochenta. Una parte importante de la prensa local se convirtió en el órgano de propagación de este anticatalanismo.

Sin embargo, durante el proceso autonómico en los primeros años de la transición democrática, el conflicto principal no se dio en torno a las competencias, cuyo alcance fue más o menos compartido. El grueso de la polémica estalló mientras se decidían los símbolos de la nueva comunidad autónoma valenciana: su bandera, su nombre, su himno y la denominación de su lengua cooficial. La división se estableció alrededor de dos bloques simbólicos antagónicos. El valencianismo fusteriano (o catalanismo valenciano), admitía la doble denominación de catalán/valenciano para designar la lengua; defendía el uso de la Senyera, la histórica bandera de la Corona de Aragón, la misma que la de Cataluña; y el nombre de “País Valenciano” para designar el territorio – una denominación utilizada por los valencianistas de la II República en oposición a la tradicional de Reino de Valencia. El anticatalanismo optó sin embargo por la denominación exclusiva de valenciano, la adopción de la bandera tradicional de la ciudad de Valencia –la Senyera con una franja azul coronada– como símbolo de todo el país, y la denominación histórica de Reino de Valencia para el territorio.

Hay que recordar que el valencianismo fusteriano defendía –y defiende- una identidad compartida con catalanes y baleares. Si el valencianismo catalanista optó por la Senyera –la tradicional bandera de todos los territorios de la antigua Corona de Aragón, con cuatro barras rojas sobre fondo gualdo– fue por considerar que era la que disfrutaba de una mayor legitimidad histórica, además de ser la más extendida en todo el territorio del país, en contrasto con la Senyera Coronada, con una añadida franja azul y una corona estilizada superpuesta, difundida en la capital y defendida por los regionalistas españolistas. Además, evidenciaba los vínculos existentes con los otros territorios de habla catalana, y la resta de territorios de la antigua Corona aragonesa. En lo referente al término País Valenciano era básicamente una herencia del valencianismo republicano de los años treinta y apostaba por una consistencia colectiva más fuerte, por un proyecto político de futuro – por un País, en definitiva.

La principal de las batallas se dio sin embargo en el terreno de la lengua.

El catalán se expandió hacia Valencia durante el siglo XIII como consecuencia de la expugnación a los árabes de este reino por el Rey Jaume I de Cataluña-Aragón y su repoblación por colones cristianos procedentes en gran mayoría de la Catalunya occidental y meridional; hasta hoy en día, la variante valenciana del catalán es difícilmente distinguible de los dialectos de esas zonas de Catalunya. Es precisamente por su importancia como el más importante elemento cultural compartido entre catalanes y valencianos que el españolismo concentró sus ataques contra la unidad lingüística. La denominación particularista de “lengua valenciana” fue popularizada ya en el siglo XV cuando el catalán empezó a dejar de ser una lengua áulica en la Corona de Aragón, mientras que al mismo tiempo el Reino de Valencia devino, por un siglo entero, el centro de la literatura catalana; sin embargo, eso nunca supuso el secesionismo lingüístico.

El anticatalanismo se lanzó en una operación que al principio pudiera parecer inverosímil: transformar la lengua, desde siglos el vehículo de aproximación cultural entre valencianos y catalanes, y el máximo símbolo de su común trayectoria histórica, en un elemento divisivo. Nació el secesionismo lingüístico. Los anticatalanistas mantuvieron –y mantienen– que el valenciano es un idioma que pierde sus orígenes en el ibero, una lengua hasta ahora imposible de descifrar. Posteriormente, el ibero sería asimilado por los mozárabes valencianos, cristianos de rito visigótico que habrían mantenido su lengua romance o neolatina durante la ocupación musulmana. Este mozárabe –filológicamente casi desconocido-, enriquecido con las hablas de los repobladores llegados con Jaume I, habría dado origen al actual valenciano. La negación del impacto catalán en la reconquista de Valencia permite, obviamente, al secesionismo lingüístico mantener la idea de una lengua valenciana independiente, así como la existencia mítica de un pueblo milenario que se limitó a asimilar a los colonos catalanes del siglo XIII. Esas teorías nacieron como reacción hacia el valencianismo fusteriano, sin alguna tradición previa. Sus partidarios no hicieron casi ninguna aportación significativa a la cultura en valenciano cuya singularidad defienden con virulencia; de hecho, se mantienen contrarios a la normalización social del valenciano y defienden una situación de diglosia y de un bilingüismo falso que a la práctica solo obliga al valencianoparlante a conocer los dos idiomas y al revés no. A menudo se trata de monolingüistas militantes del castellano que cuentan con el apoyo del bloque social conservador, hegemónico en buena parte del país.

La resolución del largo conflicto alrededor de los símbolos autonómicos comenzó con el fallido golpe de estado por parte del coronel Tejero en febrero 1981. El intento golpista, que se resolvió sin demasiado rumbo por la mayoría de los españoles, fue vivido con mucha más intensidad en el País Valenciano, donde la sublevación tuvo el suporte de la III Región Militar con sede en Valencia. Los tanques en las calles sirvieron como advertencia de la fragilidad de la recién llegada democracia, estimulando la finalización de la transición política. Llegó el tiempo de los compromisos. Como en el resto del estado, eso favoreció la derecha que impuso sus condiciones en nombre de su concepción de la “estabilidad”. Los diputados valencianos se cerraron en un “conclave” en el pueblo de Benicàssim, donde completaron la propuesta del estatuto de autonomía. A pesar de una ancha mayoría progresista entre los legisladores, el llamado Estatuto de Benicàssim recogía muchas de las reivindicaciones de la derecha anticatalanista: la bandera incluía una franja lateral azul (aunque sin la corona estilizada, tan venerada entre los círculos blaveristas) y la lengua cooficial fue designada como “valenciano”, sin explicación alguna de qué modalidad lingüística se tratara, lo que benefició la continuación del conflicto en ese terreno en los años siguientes. Las únicas victorias del valencianismo fueron el reconocimiento del territorio valenciano como nacionalidad histórica y la oficialización de la denominación País Valenciano. Sin embargo, cuando el texto fue enviado a las Cortes españolas por su final aprobación, la mayoría conservadora impuso la Senyera coronada y rebautizó el País Valenciano con un neologismo aparentemente neutral surgido de la nada: Comunidad Valenciana.

En los años ochenta, la izquierda llegada al poder autonómico acabó aceptando esa antidemocrática imposición por parte de Madrid y abjuró de buena parte de las ideas del valencianismo de raíz fusteriana que había asumido en los últimos años del franquismo, salvando sólo parte de las reivindicaciones fusterianas como la de la . En lo otro, se asimiló a la hegemonía del conservadurismo anticatalán, moderando sus excesos pero negándose de contrastarlo abiertamente en el campo simbólico. Así haciendo, solo le dejó manos libres para la monopolización del discurso anticatalanista, inculcado por la prensa y transmitido por una red de organizaciones regionalistas lideradas por personajes y personajillos formados durante el régimen.

 

El conflicto continua

Sin embargo, con la victoria casi total de las reivindicaciones anticatalanistas la violencia directa o simbólica no ha cesado en el País Valenciano. La derecha ha continuado sus ataques contra todos los símbolos que reconducían a la unidad entre los valencianos y catalanes: ante todos, la lengua. Los ataques contra la unidad lingüística fueron a menudo protagonizados desde las instituciones con el pretexto de la defensa de la legalidad estatutaria. Los ejemplos son numerosísimos. Desde que llegó la derecha a la Generalitat valenciana esta ha combatido judicialmente –aunque sin éxito– la denominación de lengua catalana para el valenciano en los estatutos de las Universidades valencianas; en los libros de texto escolares se han producido auténticas campañas de depuración, en las que se ha intentado hasta imponer la omisión del origen filológico del valenciano. En numerosas ocasiones se ha presionado sancionado o apartado, desde la inspección administrativa, a los profesores sospechosos de catalanistas. Incluso se intentó de excluir a los autores catalanes y baleares de los libros de texto, una mutilación impensable para la enseñanza de la literatura castellana.

En el campo simbólico, se ha intentado negar, con abrumadora consistencia, la unidad lingüística. En las páginas web, documentos oficiales y otras manifestaciones públicas a nivel estatal, el valenciano aparece como una lengua distinta del catalán aunque los textos para ambas denominaciones coincidan prácticamente en su totalidad. Incluso la Constitución española tiene una versión en valenciano y otra en catalán prácticamente idénticas. La denominación histórica de valenciano se convierte así en una coartada contra la unidad lingüística. Y eso a pesar de que la Academia Valenciana de la Lengua, nacida un pacto entre socialistas y populares en 1998 para apartar el valenciano de la batalla política, se haya pronunciado a favor de la unidad lingüística, manteniendo el sistema ortográfico catalán con algunas minores modificaciones regionales. Como consecuencia, numerosos miembros de la Academia, acusados de traidores, han sufrido ataques físicos por parte de grupos ultraderechistas. En 1995 la Generalitat valenciana suspendió la homologación de títulos entre les administraciones autonómicas de Valencia, Baleares y Cataluña que acreditaba el conocimiento del catalán en cada territorio y, poco más tarde, se excluyó la licenciatura de filología catalana de la lista de requisitos para acceder al cuerpo docente. Decenas de sentencias han invalidado estas decisiones sin que el PP se haya dado por aludido.

El afán por romper todos lazos culturales con Cataluña llegó al auge en 2011 cuando la Generalitat valenciana consiguió cerrar los reemisores que permitían la recepción “ilegal” de la TV3, la televisión autonómica catalana, muy popular entre sectores de la sociedad valenciana, en el país. Desde Valencia se cortó también la recepción de Televisión Valenciana a Cataluña, una emisora lejos de los estándares de la catalana, que no emite prácticamente en valenciano a pesar que esté legalmente obligada. Cabe decir, que la emisión entre cadenas autonómicas, como la federación entre autonomías, está prohibida en España: esa es una imposición de la derecha valenciana en la Constitución española para atajar la posibilidad legal de una hipotética federación de países catalanes. El intercambio es posible en este caso gracias a la tolerancia de los gobiernos autónomos o de acuerdos igualmente tolerados desde un punto de vista legal. El actual presidente valenciano, Alberto Fabra (PP), ha prometido que se reanudaran las emisiones a una condición – ¡que TV3 deje de utilizar el término “País Valenciano”! A pesar de que esa denominación aparece en el preámbulo del Estatuto de Autonomía, hace años que el PP se ha lanzado en una campaña de guerra total contra ese término. De hecho, se acaba de aprobar una norma según la cual las Cortes valencianas no tramitaran ninguna petición que se acompañe de esta denominación. También hay propuestas de cortar las subvenciones a todas las organizaciones que utilicen ese término.

Sin embargo, los mayores representantes de la cultura valenciana en catalán siempre se han manifestado contra esos intentos. Escritores contemporáneos de rango universal como Enric Valor, Joan Fuster, Vicent Andrés Estellés, cantantes como Ovidi Montllor, Raimon o Feliu Ventura, o grupos musicales como Obrint Pas se han puesto en primera línea de defensa de una identidad valenciana abierta al conjunto catalanoparlante. Como consecuencia, han sido deliberadamente ignorados o invisibilizados por las autoridades que siguen promoviendo todo tipo de mediocridades en el campo cultural a condición que apoyen las devastadoras políticas de la derecha.

La función del anticatalanismo español

El anticatalanismo valenciano no es nada más que la versión regional del nacionalismo español más retrógrado, hoy readaptada y adoptada por la derecha estatal en su batalla por la recentralización y contra el auge soberanista en Cataluña. El anticatalanismo español tuvo históricamente una semejante función que el antisemitismo en otras partes de Europa: la de identificar el enemigo a la vez externo e interno, contra el cual movilizar el cuerpo social sano de la nación. Además, muchos de los estereotipos contra los catalanes visten de clichés antisemitas. Paradojalmente, al mismo tiempo los nacionalismos periféricos en España están tachados, con creciente frecuencia, de nazismo. Esa tendencia comenzó como una estrategia propagandística contra el nacionalismo vasco y se extendió, en la última década, al catalanismo. Por lo tanto, a menudo pasa que los catalanistas sean acusados al mismo tiempo de ser nazis y unos judíos traidores.

Eso se vio en las últimas manifestaciones de la extremaderecha, con el apoyo del PP local, contra el alcalde nacionalista de Burjassot, pueblo cerca de Valencia, acusado, entre otros, de promover un homenaje por el vigésimo aniversario del asesinato de un joven militante valencianista asesinado, a los dieciocho años, por una cuchillada a manos de un grupo de neofascistas. En un manifiesto de convocatoria por la manifestación contra el alcalde, acusado como de guión de fascismo, apareció un dibujo de clara matriz antisemita, con la clásica figura del judío llevando una barretina, cuyas actitudes conspiradoras están detenidas por el azul en la Senyera. En su absurdidad, esa es la imagen que mejor describe el anticatalanismo valenciano.

Lamentablemente, la derecha valenciana –y la española en general– ha encontrado en el anticatalanismo, por decirlo a la manera de Pierre Bourdieu, uno de sus instrumentos indispensables para asegurarse el monopolio de la manipulación legítima del discurso político. La derecha española no dudará en provocar una encendida discusión a cuenta de una supuesta agresión catalana a la lengua valenciana o a la identidad de los valencianos para ocultar los numerosos escándalos de corrupción que les acechan, con la administración pública arruinada y con casi un treinta por ciento de parados. El rédito político de este discurso anticatalanista, populista, intelectualmente zafío, ha sido inmenso hasta la fecha y mientras aporte algún beneficio no cabe esperar ninguna tregua. Una estrategia adaptada del nacionalismo español, reformulada con ingredientes locales, y relanzada de nuevo como modelo para la derecha estatal.

 

Francesc Viadel – periodista y escritor, profesor de la Facultat de Comunicació Blanquerna de la Universidad Ramon Llull (Barcelona). Autor entre otros libros de los ensayos publicados por la Universidad de Valencia, No mos fareu catalans. Història inacabada del blaverisme y Valencianisme, l’aportació positiva (1962-2012).

 

This article was originally published in Slovenian translation in Razpotja magazine issue 12 within the topic “Culture wars”.

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