Podemos, un revulsivo de la política española


Nacho Corredor
17509269513_3de1d04682_bLa multidimensional y multifactorial crisis europea ha llevado asociada consigo la aparición con fuerza de nuevos fenómenos políticos y sociales que son, pero no solo, consecuencia directa de la compleja y delicada situación económica, política y social. Sin este contexto de crisis, no se podría explicar que en Italia el Movimiento 5 estrellas y su líder Beppe Grillo lograran convertirse en un fenómeno de masas; en Grecia Syriza y Alexis Tsipras lograran formar Gobierno; en Francia el Frente Nacional y Marine Le Pen se situaran a la cabeza en la mayoría de sondeos; en Cataluña el independentismo liderado por Artur Mas tuviera un apoyo social como nunca antes lo había tenido en la historia; o en el conjunto de España apareciera con fuerza una formación política como Podemos y un líder como Pablo Iglesias.

Al margen de las diferencias importantes entre cada uno de estos fenómenos (el nacionalismo de Le Pen es chovinista e incluso racista, el de Artur Mas no; el Movimiento 5 estrellas es un movimiento desideologizado, Syriza está fuertemente enraizada en la tradición marxista) todos ellos comparten una similitud destacable por lo que se refiere a sus proyectos y estrategias. En un momento donde se ha visualizado en Europa la incapacidad de muchos gobiernos para dirigir el destino de sus naciones, en un momento en el cual se ha asumido por muchos gobernantes y ciudadanos que no hay alternativa a un tipo de políticas económicas y sociales, y en un momento en el cual la política en gran medida ha sido sustituida por la economía (y por la doctrina neoliberal), todos estos proyectos se presentan como instrumentos de emancipación, como instrumentos de construcción de proyectos genuinamente políticos, y con la promesa de construir un horizonte político común. Ante un escenario de pragmatismo extremo y austeridad, política. Ante unas fuerzas políticas tradicionales sobrepasadas por el ritmo de la historia, novedad.

El Movimiento 5 estrellas, pero también Syriza o el Frente Nacional, se presentan ante los ciudadanos como proyectos que pretenden devolver el poder a la ciudadanía (otro debate es a quién consideran ciudadanos cada uno de esos proyectos) ante la amenaza de un enemigo exterior (Le Pen se fija en los inmigrantes, Tsipras se fija en la Troika, Artur Mas en el Estado español). Juntos – proclaman todos estos proyectos- seremos capaces de construir el futuro político que nos merecemos (como franceses, como griegos o como catalanes). Todos ellos, utilizando la terminología y las consideraciones de Ernesto Laclau (uno de los politólogos de referencia de los fundadores de Podemos, por cierto) son movimientos que utilizan estrategias populistas: definiendo claramente un “yo” común (el pueblo, los griegos, los catalanes o los franceses) que se enfrentan a un enemigo exterior (el establishment, la Troika, el Estado Español o lo desconocido).

En este artículo se intenta dar respuesta a algunas de las incógnitas que en España y en Europa despierta la aparición con fuerza de un nuevo partido político, Podemos, que pretende hacerse con el poder de las instituciones democráticas mediante las urnas. Estamos, por tanto, ante una formación política que emplea estrategias populistas, pero que convive con las reglas de las democracias liberales y representativas de nuestro entorno y cuyo acceso a las instituciones se remonta por primera vez a mayo de 2014, coincidiendo con la celebración de las Elecciones Europeas. Tras su irrupción, los sondeos llegaron a situar en repetidas ocasiones a este partido como la primera opción de los ciudadanos en diversos comicios (Elecciones Generales y Autonómicas). ¿Por qué y cuando aparece Podemos?

El 15M, una oportunidad para Izquierda Anticapitalista

En mayo de 2011 se produjeron multitudinarias movilizaciones ciudadanas en las plazas de las grandes ciudades españolas (en la línea de fenómenos como Ocuppy Wall Street). El denominado fenómeno 15M, protagonizado especialmente por las generaciones jóvenes nacidas en democracia, tras la muerte de Franco, reclamaba otro tipo de políticas económicas y ahondaba en la necesidad de mejorar la relación entre representantes y representados. Estábamos ante uno de los primeros síntomas de agotamiento de un modelo político (el nacido en España en la Constitución de 1978) y las primeras protestas multitudinarias (más allá de las puntuales manifestaciones sindicales) tras el inicio de la crisis económica y la aplicación de las primeras medidas de austeridad en España.

Aunque la voz cantante y el protagonismo mediático de este movimiento estuvo ocupado por jóvenes de izquierdas y muy politizados, el 15M estuvo participado por un grupo heterogéneo de personas, recibía el apoyo y la simpatía, según los sondeos, de más de tres cuartas partes de la población española y generó interés en una parte de los representantes políticos. Recuerdo perfectamente que esos días me encontré en la Plaza de Catalunya (el epicentro de las movilizaciones en Barcelona) a varios representantes políticos que asistían entre la curiosidad y la honesta voluntad de entender mejor qué estaba pasando. Carles Campuzano (diputado independentista catalán, del mismo partido liberal-conservador que Artur Mas), Carina Mejías (hasta pocos meses antes diputada del Partido Popular y ahora concejal en Barcelona por Ciudadanos, un partido de corte liberal), Josep Maria Balcells (exdiputado de los socialdemócratas catalanes) o Jaume Collboni (actualmente el líder de los socialdemócratas de la ciudad de Barcelona) fueron algunos de los representantes que, desde la discreción, entendieron en ese momento la importancia de las movilizaciones y se quisieron desplazar in situ.

Las movilizaciones del 15M navegaron entre la espontaneidad y la organización de tradicionales asociaciones y grupos altermundistas, cuando no antisistemas, habituales de toda manifestación, que articularon unos mensajes que fueron apoyados por la mayoría de la población española. Y en ese contexto, y en la posterior organización a través de los barrios, facultades de Universidad y múltiples asociaciones ciudadanas (como Democracia Real Ya o la Plataforma de Afectados por las Hipotecas), que articularon redes de protesta contra la austeridad y demandas de más democracia, cabe situar el origen de Podemos y la socialización de la mayoría de sus cuadros y actuales dirigentes.

El 15M se produjo un año después de que, por primera vez, el presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero (líder del PSOE) anunciara los primeros recortes tras la llegada de la crisis a España y unos meses antes de que el mismo Zapatero recibiera una carta del Banco Central Europeo donde se le instaba a tomar medidas que reflejaran su claro compromiso con la austeridad y el pago de la deuda.  Como consecuencia de ello, no sin polémica, el PSOE y el PP reformaron en el plazo de una semana la Constitución Española con el objetivo de fijar el pago de la deuda como una prioridad estructural. Meses después, en noviembre de 2011, Mariano Rajoy y el Partido Popular accedieron al Gobierno de España con el apoyo de la mayoría absoluta de los diputados, ahondando en la dirección tomada por sus antecesores en la gestión de la crisis económica.

En resumen, el año 2011 fue en España un año protagonizado por movilizaciones ciudadanas pacíficas, contra la austeridad, que alertaban de la necesidad de más control democrático de las instituciones, que responsabilizaban a los partidos tradicionales de la situación actual, con una derrota del PSOE en las Elecciones Municipales, con una victoria del Partido Popular en las Elecciones Generales por mayoría absoluta y con una política económica de recortes duramente criticada por la ciudadanía. Sin embargo, y pese a que tanto PP como PSOE eran considerados corresponsables de la situación política y económica, no existía ningún partido capaz de instrumentalizar el malestar social accediendo a las instituciones.

Hasta el momento, PP y PSOE ocupan 296 de los 350 escaños en el Congreso de los Diputados, muy por encima de la tercera y la cuarta fuerza: los nacionalistas catalanes cuentan con 16 escaños e Izquierda Unida, de la que forma parte el Partido Comunista, suma un total de 11. Dada esta anomalía (no parece muy coherente que una parte significativa de la población apoye unas movilizaciones que critican la austeridad impulsada por los últimos Gobiernos y que esto no se vea reflejado en las urnas), el partido Izquierda Anticapitalista vio la oportunidad de hacerse con un espacio electoral significativo.

Entre la utopia y el pragmatismo

Desde 1986, el Partido Comunista se ha presentado a las elecciones en España junto con otras formaciones políticas y sociales a través de Izquierda Unida, una formación de izquierdas que en los últimos años ha sufrido el desgaste propio de las organizaciones tradicionales. Además, como en toda formación de izquierdas (basta ver la caricatura que hacen de ello en La Vida de Brian los Monty Phyton al referirse a las diferencias entre el Frente Popular de Judea y el Frente Judaico Popular) las escisiones y discusiones internas (la lucha entra utopía y pragmatismo, además de las habituales luchas cainitas de toda organización política) eran una constante y dieron lugar al nacimiento de Izquierda Anticapitalista.

Izquierda Anticapitalista era un partido político (ya no existe, y luego explicaré por qué) claramente antisistema, residual, y sin apenas apoyos. Dada las circunstancias políticas y sociales, y dado el desgaste de IU, en un momento dado se llegó a la conclusión que aprovechando la popularidad de un candidato mediático, se podría llegar a hacer un agujero significativo en el Congreso de los Diputados e influir en la gobernabilidad de España. Entre las opciones que se barajaron estuvo pedirle liderar una candidatura a Ada Colau (actualmente alcaldesa de Barcelona, pero en aquél momento portavoz de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas, con gran incidencia política y popularidad) y a Pablo Iglesias, un joven profesor de la Universidad Complutense de Madrid, cabecilla de un grupo de intelectuales anticapitalistas de Madrid y más o menos popular por sus apariciones en algunas televisiones privadas.

Rechazada la oferta por parte de Colau, Izquierda Anticapitalista ofreció el liderazgo de la propuesta electoral a Pablo Iglesias. Iglesias, que ha asesorado a Gobiernos latinoamericanos de corte populista, junto a otros de los líderes fundadores de Podemos como Juan Carlos Monedero o Iñigo Errejón, era un popular profesor universitario de la Universidad Complutense de Madrid y habitual de las tertulias políticas televisivas. Iglesias se hizo conocido por el gran público a través de sus propias producciones compartidas en internet, pero sobre todo a través de las tertulias de Intereconomía, un canal especialmente conservador que, probablemente, necesitaba en sus espacios la presencia de posiciones de izquierdas muy marcadas para poder justificar la radicalidad de su discurso.

En este contexto, y a través de una alianza electoral de nombre “Podemos” (que es la traducción al español de la célebre frase de la campaña de Obama “Yes We Can”), participada sobre todo por jóvenes y veteranos profesores de universidad de tradición izquierdista, la formación se presentó a las Elecciones Europeas de mayo de 2014 con un programa a la izquierda del PSOE y a profundizando más que el de IU consiguiendo 5 eurodiputados, generando sorpresa (cuando no recelos) en el resto de formaciones políticas. A partir de ese momento, y con un discurso centrado en denunciar la existencia de una “casta” política alejada de los ciudadanos (un mensaje que potencialmente podía ser compartido tanto por votantes de derechas, como por votantes de izquierdas) su popularidad se disparó hasta el punto en que pocas semanas después los sondeos situaron a la formación como la primera opción en intención de voto de cara a unas Elecciones Generales.

De la revolución al pragmatismo

Ante la expectación generada, y en el proceso de transformación de alianza electoral a partido político, surgieron las primeras tensiones entre los promotores de Izquierda Anticapitalista (IA) y el conocido triunvirato formado por Pablo Iglesias, Iñigo Errejón y Juan Carlos Monedero. Mientras los primeros querían aprovechar el momento para proponer y difundir un programa claramente anticapitalista, los segundos defendían que Lenin no se hizo popular por defender la revolución sino al prometer pan y trabajo y la necesidad de emplear una estrategia populista identificando un “yo común” y un enemigo exterior. Para entender la estrategia basta ver la réplica que Iglesias dio al discurso del Rey en el 2013 con una bandera pirata de fondo. Preguntado por sus compañeros por qué no utilizaba la bandera republicana, respondió que la bandera pirata «une mucho más».

Entre esas tensiones, en junio del 2014 Monedero -que meses después se vería obligado a dimitir dada su vinculación con la creación de una empresa aparentemente fantasma que recibía pagos del Gobierno de Venezuela- llegó a decir que en Podemos había quien estaba preparando un golpe de estado. Se refería a Izquierda Anticapitalista y a su intención por controlar la organización y su estrategia. Culminado el proceso de conversión en partido, y una vez prohibida la doble militancia en los órganos de dirección, la incidencia de IA es nula (se ha tenido que disolver como partido para que sus integrantes puedan competir en los procesos de selección de cargos orgánicos del nuevo partido) y Podemos no ha cuestionado ni una sola vez los fundamentos del sistema de libre mercado en su discurso. ¿Por qué?

Iglesias ha rechazado en numerosas ocasiones definir a Podemos como una formación de izquierdas, pese al origen de la mayoría de sus líderes, que han socializado en el marxismo político y han colaborado estrechamente con Gobiernos como el de Venezuela; probablemente, o seguro, porque con un discurso marcadamente izquierdista es difícil obtener una mayoría de los votos en España, cuyo votante mayoritario tiende a identificarse como centrista. “Que se queden con la izquierda”, llegó a decir Iñigo Errejón ante las llamadas a la confluencia entre Izquierda Unida y Podemos de cara a las Elecciones Generales de finales de 2015.

En esa tensión, Podemos ha evitado formar parte de la familia política de Alexis Tsipras y Syriza, a la par que ha apoyado tímidamente (en función del momento de popularidad del griego) las actuaciones de éste. Desde que hace una semanas el Gobierno griego se viera obligado a aceptar las propuestas del FMI, el BCE y la UE en relación al pago de la deuda e imponer determinadas medidas de austeridad, Podemos ha intentado marcar distancias. Sobre todo porque el debate entre la Unión Europea y Grecia ha evidenciado que la voluntad de los ciudadanos (cuando sus Estados están endeudados) no se transforma automáticamente en hechos.

Todavía es una incógnita saber el peso que acabará teniendo Podemos en el próximo Congreso de los Diputados. Sin embargo, conviene destacar la influencia que ha tenido su presencia y su discurso (centrado en la lucha contra la corrupción, en la pulcritud democrática y en la crítica a los excesos cometidos por los políticos) en el resto de formaciones políticas. Sin su presencia, muy probablemente, la exigencia anticorrupción instalada hoy en la mayoría de los partidos políticos no sería tan notable.

Un interrogante, ¿para qué?

Pero, ¿cuál es el objetivo de Podemos? En el artículo se ha podido visualizar cómo el origen de sus dirigentes y fundadores estaba situada en el contexto de los procesos revolucionarios de izquierdas de latinoamérica de los últimos años y como, sin embargo, han evitado hacerse populares en la defensa de esos valores. En 1998 el periodista peruano Jaime Baily entrevistaba al entonces candidato presidencial venezolano Hugo Chávez. En la entrevista, Chávez negaba ser socialista, se mostraba partidario de «incentivar la inversión de capital americano», decía llevarse «muy bien» con los empresarios y se comprometía a «no ser autoritario». Ni rastro de ello. Eso sí, ¿su primera medida si fuera presidente? «Iniciar un proceso constituyente».

Es una incógnita saber si en Podemos hay quien quiere asaltar el cielo para proponer un cambio de orden absoluto, aunque no hayan criticado nunca las raíces del sistema capitalista. Sin embargo, la capacidad de transformación de Podemos en una España interconectada y miembro de la UE tendrá los límites que parece que ya se han autoimpuesto en el discurso oficial. ¿Es posible otro tipo de capitalismo? La respuesta afirmativa que tradicionalmente venía liderando la socialdemocracia estaría siendo impulsada gracias a una nueva izquierda que, como pasó en la Europa occidental con la Unión Soviética en el siglo XX, podría contribuir a consolidar el Estado de bienestar por miedo a que se desarrollara una alternativa.

La reciente crisis griega, no obstante, añade más incertidumbres sobre esta conclusión. Al margen de los socialdemócratas alemanas (sobre todo nacionalistas alemanes), la socialdemocracia europea ha dado una respuesta mesurada al Gobierno de Alexis Tsipras y ha tenido la oportunidad de situarse de nuevo como una ideología con voluntad de transformación (tranquila) de la realidad y de conectar de nuevo con los ciudadanos. ¿Acabará siendo así? De ser así, ¿qué papel tendrán formaciones como Syriza o Podemos? ¿Y de no ser así, qué capacidad de maniobra tendrán estas formaciones en el contexto de globalización y poco poder de los Estados? Unos y otros, probablemente, tendrán la necesidad de cambiar juntos en los próximos años y reconvertir las luchas sociales y a favor de la democracia habituales en el contexto local de los Estados, a la reconversión de las instituciones políticas internacionales en órganos de decisión plenamente democráticos. ¿Podrán?

Prispevek je bil prvotno objavljen v 20. številki Razpotij (poletje 2015).

Foto vir: DanielGarciaMata/AHORA MADRID